Desde hace algunos años y a partir del auge de Internet, se escucha hablar de términos como "Democracia electrónica", "Redes Ciudadanas", "Comunidades Virtuales", "Netizen", “E-government”, “Politica informacional ”. En general estos términos que buscan conjugar categorías más o menos políticas con otras que hacen alusión a las nuevas formas de comunicación electrónicas, están intentando definir a este nuevo espacio como un "espacio político" o mejor dicho un espacio propicio para prácticas políticas. Algunas reflexiones que se han hecho al respecto, por el contrario, sostienen que el espacio virtual o "cyberespacio" que se conforma a partir de Internet, no sería sino una mera extensión del "espacio privado". De este modo, mientras unos parecen proponer que Internet es un espacio ideal a la política, configurando un "ágora virtual" en el cual los medios electrónicos permitirían la expresión y articulación de múltiples discursos de una forma hipertextual, potenciando los medios para la participación ciudadana, otros[1] se basan en que en realidad el alcance limitado (aunque de gran difusión) sobre el total de la población mundial, reduce el uso de Internet a una elite ilustrada, impidiendo la expresión de lo que podría ser un "interés general" al ligar la posesión del acceso como una línea divisoria.

Creemos -y esta es una hipótesis preliminar de carácter ámplio y abstracto- que no podemos utilizar categorías propias de una teoría del estado moderno (al menos no sin resignificarlas) para describir un fenómeno que se inscribe en su propia crisis. Por el contrario, tenemos que partir de esa misma crisis para responder a las siguientes preguntas que recorrerán nuestro trabajo: ¿Existe la política más allá (o más acá) del Estado-Nación? ¿Es la Red, como ese más allá (o más acá) del estado nación, un espacio propicio para la política? ¿Qué tipos de prácticas políticas están surgiendo o pueden surgir en la red?

La reflexión sobre la relación entre Internet y Politica está atravesada por múltiples "nodos" y "links", entre los cuales nos interesan para nuestro trabajo:

La aparición de un capitalismo informacional de carácter global a partir del desarrollo y difusión de las tecnologías de la Información.

La articulación entre red (digital) y territorio (analógico) y la lógica espacial y temporal que rige a cada una de ellas.

La crisis del Estado-Nación como centro y anclaje territorial para las prácticas políticas. El problema de la gobernabilidad.

Las políticas de descentralización del poder y la gestión estatal y el resurgir de los gobiernos locales.

No será intención de este trabajo realizar una historia o genealogía del carácter político de Internet, aunque sabemos que éste está presente desde su prehistoria. Si bien recurriremos a una historia de Internet, será solo para fundamentar hasta cierto punto una ontología de la misma.

1. La Sociedad de la Información

Todo lo sólido se desvanece en el aire.

Marshall Berman.

Cualquier trabajo que se proponga avanzar en el conocimiento del impacto social de Internet, debe partir de contextualizar dicha tecnología en el marco general de las transformaciones sociales en las cuales dicha tecnología aparece y se desarrolla. Concebir a la tecnología como un factor externo a la sociedad, es un error en que se ha incurrido frecuentemente desde cierto determinismo tecnológico, dado que tecnología es sociedad y ésta no puede ser comprendida o representada sin sus herramientas técnicas[2].

Creemos necesario dejar sentado que la sociedad informacional no es el mero producto o el resultado de la revolución tecnológica, así como no puede decirse que la sociedad industrial fuera resultado de la revolución industrial. Cuando hablamos de Sociedad informacional, estamos señalando un proceso de redefinición histórica de las relaciones de producción, de poder, y de experiencia[3] que deriva de la convergencia e interacción de tres procesos, hasta cierto punto, independientes. Por supuesto, la revolución de la tecnología es uno de ellos. Pero no podrían comprenderse cabalmente los cambios sociales a que asistimos sin tener en cuenta la crisis económica y subsiguiente reestructuración del capitalismo en los ´70, por un lado, y por el otro la crisis de las instituciones políticas y el surgimiento de los nuevos movimientos sociales. Por eso, para comenzar a argumentar nuestra tesis partiremos primero de una breve descripción de estos tres procesos y sus elementos más significativos, basándonos en el trabajo de Castells, los cuales nos servirán como premisas para la posterior reflexión sobre internet, estado y política[4].

1.1. ¿Por qué “revolución tecnológica”?

Ahora bien. ¿Por qué hablamos de revolución tecnológica? . En primer lugar porque se asiste a la aparición histórica de un nuevo paradigma tecnológico en torno a las tecnologías de la información, que transforma nuestra cultura material, induciendo una discontinuidad en la base material de la economía, la sociedad y el estado. Lo que caracteriza a las revoluciones tecnológicas es su capacidad de penetración en todos los dominios de la actividad humana, determinando nuevos modos de producir. Es decir, lo central a una revolución, el núcleo de las transformaciones que en ella se operan, no esta dado tanto por qué es lo quese produce (lo cual conduce a una fetichización de la tecnología) sino por cómo se organiza la producción.

De modo que, si lo que caracterizó a las dos revoluciones industriales del los siglos XVIII y XIX fue la exploración, el desarrollo, la generación y distribución de nuevas fuentes de energía, lo que caracteriza a la revolución presente es el procesamiento del conocimiento, de la información y de la comunicación. Es necesario hacer notar que no se trata solo del uso de estos elementos, dado que los mismos fueron aplicados en las revoluciones precedentes, sino del procesamiento de los mismos, su “aplicación a aparatos de generación de conocimiento y procesamiento de la información/comunicación, en un círculo de retroalimentación acumulativa entre la innovación y sus usos”[5].

Esta noción de retroalimentación es fundamental para comprender la enorme velocidad con la cual se han difundido y con la cuál se reconfiguran estan tecnologías, encontrando permanentemente nuevas aplicaciones y amplificando su poder de apropiársela y redefinirla sus usuarios. Es decir que los usuarios pueden intercambiar sus roles y funciones con los creadores, de modo de tomar el control de la tecnología:

“De esto se deduce una estrecha relación entre los procesos sociales de creación y manipulación de símbolos (la cultura de la sociedad) y la capacidad de producir y distribuir bienes y servicios (las fuerzas productivas). Por primera vez en la historia, la mente humana es una fuerza productiva directa, no sólo un elemento decisivo del sistema de producción”[6].

Sin embargo, no debemos caer en la tentación de reducir Tecnologías de la Información a la informática ni a Internet. Englobamos en ella, en un sentido estricto, a un conjunto convergente de tecnologías como la microelectrónica y la informática (tanto el software como el hardware), como las telecomunicaciones (inluida la T.V. y la radio) y la optoelectrónica. Pero en un sentido ámplio incluimos bajo esa denominación también a la ingeniería genética, la biotecnología y la aún incipiente nanotecnología y biología molecular. La tendencia a converger de todas estas tecnologías es producto de su capacidad para crear una interfaz común entre los campos tecnológicos mediante un lenguaje digital que permite no sólo producir información, sino también procesarla, almacenarla, recuperarla, y comunicarla.

Pero también esta interfáz común en un lenguaje digital, permite extender el uso de estas tecnologías a todas las actividades humanas, no sólo a las científicas, técnicas y productivas, sino también a las recreativas y culturales. Nuestra vida cotidiana está cada vez más digitalizada.

1.2. La reestructuración del capitalismo. El capital y el Trabajo en la sociedad red.

En primer lugar el capitalismo, a partir de la crisis de la década del 70, ha sufrido un proceso de reestructuración profunda, caracterizado por la descentralización e interconexión de las empresas hacia su interior y hacia otras empresas; una mayor flexibilidad en la gestión, un creciente aumento del poder del capital sobre el trabajo y el consecuente declive del movimiento sindical en todo el mundo; una individualización y diversificación crecientes en las relaciones de trabajo, la incorporación masiva de la mujer al trabajo remunerado; la intervención del estado para desregular los mercados de forma selectiva y desmantelar el estado de bienestar, con modalidades y resultados diferentes según las sociedades, la intensificación de la competencia económica global en un contexto de creciente diferenciación geográfica y cultural de los escenarios para la acumulación y gestión del capital.

Esta reestructuración del capitalismo trajo aparejada la integración global de los mercados financieros, el ascenso del sudeste asiático como nuevo centro industrial global dominante, la unificación económica de Europa, el surgimiento de una economía regional norteamericana, la diversificación y desintegración gradual del Tercer Mundo y la incorporación de Rusia y los países de la ex órbita soviética a las economías de mercado, conformando un sistema interdependiente, con la incorporación de segmentos valiosos de las economías de todo el mundo, que funciona como una unidad en tiempo real.

La otra cara de ese proceso es la fragmentación y exclusión de segmentos y territorios que corren el riesgo de convertirse en irrelevantes de acuerdo a la lógica del sistema, lo que Castells llama los “agujeros negros” de la economía informacional global. No ya solamente entre norte y sur, el desarrollo desigual aumenta las diferencias dentro de los propios países desarrollados segregando a grandes porciones de la sociedad.

Paralelo a este proceso, también las actividades criminales, desde el tráfico de drogas y armas, la extorsión, el terrorismo y el contrabando hasta el tráfico de personas y órganos, se han vuelto globales e informacionales, integrándose en redes que se yuxtaponen y penetran con las redes legales, a través de la corrupción y el lavado de dinero.

En síntesis, podemos decir que esta nueva economía capitalista informacional se organiza en torno a las redes globales de flujo de capital, gestión e información, en las cuales el acceso al conocimiento tecnológico constituye la base de la productividad y la competencia. Lo distintivo en ella es que es global, que el capital funciona como una unidad en tiempo real y se realiza, invierte y acumula principalmente en la esfera de la circulación, esto es, como capital financiero. |

¿Pero, que consecuencias tiene esta reestructuración en cuanto al trabajo y a las relaciones sociales de producción?

En primer lugar Castells descarta que la difusión de las Tecnologías de la Información hayan provocado un desempleo masivo, aunque sí reestructuró en profundidad las relaciones sociales entre el capital y el trabajo: en su núcleo, el capital es global; como regla, el trabajo el local. La tendencia es a que capital y trabajo existan cada vez más en espacios y tiempos diferenciados: el espacio de los flujos y el espacio de los lugares, el tiempo inmediato de las redes informáticas frente al tiempo de reloj de la vida cotidiana.

Así, mientras el capital tiende a concentrarse y globalizarse, a través del poder descentralizador de las redes, el trabajo se desagrega en su realización, se fragmenta en su organización, se diversifica, y se individualiza, en sus capacidades y competencias, perdiendo su identidad colectiva.

Mientras las nuevas modalidades de trabajo y empleo, como el trabajo a tiempo flexible, el teletrabajo, el trabajo autoprogramado, las gestorías, los servicios estratégicos y la terciarización tienden a aumentar, los empleos tradicionales como el trabajo agrícola e industrial, el trabajo genérico, tienden a disminuir rápidamente en cuanto a la cantidad de personas que los ejercen.

Este proceso, además de debilitar el poder del trabajo frente al capital, tiende a diluir, a hacer más difusa, la identificación de los actores en tanto clases sociales. Por un lado, si bien existen capitalistas concretos de diversos tipos (gestores de multinacionales, banqueros, especuladores, entrepreneurs globales, accionistas, etc.), no existe una clase capitalista global, desde el punto de vista económico y sociológico. Por sobre toda la diversidad de capitalistas concretos hay, al decir de Castells, un “capitalista colectivo sin rostro”, compuesto por los flujos financieros que dirijen las redes elctrónicas, que no actúa siguiendo la lógica abstracta del mercado, porque no se ajusta a las leyes de la oferta y la demanda, sino que responde “intuitivamente” a las turbulencias y los movimientos impredecibles inducidos por la psicología y la sociedad tanto como por los procesos económicos. Por lo tanto, aunque el capitalismo sigue gobernando, los capitalistas se encarnan de forma aleatoria, y las clases capitalistas se restringen a regiones concretas del mundo, pero subordinadas a una lógica capitalista “no humana” de un procesamiento de información aleatorio que escapa a su total comprensión.

Por otra parte, como decíamos, el trabajo pierde su identidad colectiva, individualiza cada vez más sus capacidades, sus condiciones laborales y sus intereses y proyectos. Cada vez se vuelve más difuso distinguir a los productores de los propietarios, a los gestores de los capitalistas, a los trabajadores autoprogramables de los consultores, “en un sistema de producción de geografía variable, de trabajo en equipo, de interconexión, de outsourcing, y de subcontratación”. En definitiva, si bien “hay unidad en el proceso de trabajo en el conjunto de la economía , mediante las redes globales de interacción (...), al mismo tiempo, también, hay una diferenciación del tiempo de trabajo, una segmentación de los trabajadores y una desagregación del trabajo a escala global”.

1.3. La Sociedad Red.

La reestructuración del capitalismo no afecta solamente la esfera de las relaciones de producción sociales y técnicas, sino que transforma profundamente la cultura y el poder, conformando un nuevo tipo de sociedad: la sociedad red.

Hasta donde conocemos, las expresiones culturales eran producidas por grupos sociales determinados históricamente por sus configuraciones espaciotemporales y por sus relaciones de producción, poder y experiencia. Es decir que las culturas eran encarnadas por relaciones sociales delimitadas espacial y temporalmente por un territorio y por un tiempo (histórico y secuencial) dados.

En la sociedad red las expresiones culturales “se abstraen de la historia y la geografía, y quedan bajo la mediación predominante de las redes electrónicas de comunicación que interactuan con la audiencia en una diversidad de códigos y valores, subsumidos en última instancia en un hipertexto audiovisual digitalizado”[7]

En esta nueva cultura, a la que Castells denomina como “Virtualidad real” se sustituyen los lugares por el espacio de los flujos y el tiempo es aniquilado y reemplazado por un “tiempo atemporal”. Esta cultura virtual porque la propia realidad material/simbólica de la gente se desenvuelve en un contexto de imágenes virtuales, en un mundo de representación. Es a la vez real porque este universo resultante de símbolos conforma la experiencia real. Esto constituye un cambio cualitativo en la experiencia humana, dado que históricamente es la primera vez que la cultura hace referencia a la cultura misma. En efecto, si los modos de producción eran definidos por la relación entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción y por el modo en que estas se organizaban para transformar la naturaleza, podemos decir que en el modo de producción agrario la naturaleza dominaba a la cultura. La sociedad industrial, con el triunfo de la razón, impuso a la cultura, dominando a la naturaleza. La sociedad informacional, por el contrario, reconstruye a la naturaleza de un modo artificial, como una forma cultural “de hecho”. La Sociedad Industrial se basa en un modelo puramente cultural de interacción y organización sociales, en el cual el ingrediente clave es la información.

2. El Estado Red, la Politica Informacional y la Crisis de la Democracia.

2.1. La Crisis del Estado Nación.

El Estado-Nación, tal y como surgió y se consolidó en las sociedades modernas, es un Estado en crisis. La pérdida de legitimidad de los estados a partir del derrumbe del estado de bienestar, por un lado y la dependencia cada vez mayor del sector externo (tanto en lo económico como en lo político) pone en jaque la soberanía y autonomía de los mismos. La asunción de compromisos financieros y políticos con entidades supranacionales y la imposibilidad de satisfacer simultáneamente todas las demandas de sus sociedades y cumplir con los compromisos electorales acrecientan la impotencia de los estados nacionales. Los estados se encuentran en el medio de la tensión entre el espacio de los flujos y los espacios de los lugares, entre un tiempo "atemporal" y los tiempos de la política, entre la red y el yo, entre una identidad única y global y las múltiples identidades locales y particulares.

Frente a las crecientes demandas de los organismos supranacionales, el multilateralismo y las crisis de gobernabilidad, los estados tienden a "delegar" roles y responsabilidades en los niveles inferiores de representación, fomentando políticas de descentralización y autonomía de los gobiernos locales, los cuales a su vez emprenden estrategias autónomas de los estados nacionales al vincularse en red, más allá del territorio de los estados-nación. De este modo, los estados-nación garantizan su supervivencia a costa de convertirse en Estados-Red. Para mantener su influencia y capacidad en la toma de decisiones, diluyen su poder en redes de geometría variable, de poderes y contrapoderes dentro de la cual son solo una parte, sujeta a un vasto sistema de aplicación de la autoridad y la influencia de múltiples fuentes de soberanía compartida.

Otro elemento que debilita fuertemente la soberanía y el poder de los estados es la creciente dificultad para controlar los medios de comunicación y la información que circula hacia el interior de su territorio. En primer lugar porque en la mayoría de los países los medios han sido en su mayoría privatizados, pero también porque les resulta imposible controlar las señales que provienen desde el exterior[8]. Esto afecta sobremanera al estado moderno, dado que una mayor diversificación y segmentación de la audiencia, junto al crecimiento exponencial de los usuarios de Internet pone fin a la audiencia de masas y por ende a los mensajes desde un emisor hacia muchos receptores (broadcast), tendiendo hacia un modelo de muchos emisores y muchos receptores, que pueden interactuar entre sí.

Pero esta relación entre medios de comunicación, estado y política, merece que nos detengamos un poco más en el tema.

2.2. La política Informacional y el lugar de la política.

“Los ciudadanos aún son ciudadanos,

pero dudan de qué ciudad y de quién es la ciudad”.

Manuel Castells[9]

Nuestros sistemas políticos, en general, y las democracias de masas modernas, han crecido al compás del desarrollo de las sociedades "de masas" y de los medios "masivos" de comunicación en el contexto de un capitalismo industrial. Esta relación sistema político-sociedad de masas germinó con la prensa escrita, tuvo un momento de gloria con la radio y el cine y alcanzó su punto máximo -y a la vez el comienzo de su declive- con la TV. ¿Por qué digo que la T.V. (y no internet) marca un punto de inflexión en esa curva ascendente de los mass media? En primer lugar, la historia del desarrollo de los medios masivos hasta la T.V. es la historia del desarrollo de los llamados "push-media", es decir aquellos medios frente a los cuales el receptor es simplemente (valga la redundancia) un receptor (pasivo o activo, pero receptor al fin) de todo aquello que los medios difundían en forma de “avalancha” informativa. Estos push media se caracterizaban por el hecho de que relativamente pocos emisores se dirigían a muchos receptores, lo cual hacía que el poder político, el Estado, pudiera controlar en mayor o menor medida, los contenidos de los mensajes. Y esto no fue patrimonio exclusivo de los gobiernos fascistas y totalitarios. Recordemos que el macartismo en EE.UU hizo de la T.V. y el cine sus instrumentos y banderas más importantes. En casi todos los países de todos los continentes, aquellos medios que no eran directamente propiedad del Estado, de alguna manera caían bajo su control o influencia, ya fuera bajo la forma de censura, o la intimidación, prebendas, intercambio de favores, etc. Hacia fines de los ochenta esta situación comienza a experimentar fuertes cambios. A partir de la "racionalización" y los procesos de reforma del Estado, varios países se desligan total o parcialmente de la propiedad y el control sobre los canales de T.V. y las estaciones de radio. Los procesos de privatización incorporan capitales privados que se deciden a competir por la audiencia. Las grandes inversiones realizadas, la extensión de las redes de cable coaxial para T.V. y el desarrollo y la disponibilidad de comunicaciones satelitales hacen que a fines de los ochenta y principios de los noventa se produzca una explosión del broadcast. Los medios de comunicación masivo (y en especial, pero no únicamente, la TV) traspasan las barreras nacionales. La disponibilidad de más de cien canales en el control remoto torna a las "masas" más selectivas y por ende no tan "masas". Los canales de aire compiten entre sí, pero la TV por cable le disputa la audiencia. Hay ofertas para casi todos los gustos y el receptor puede, al menos, elegir. Pero lo más novedoso de este cambio, al decir de Castells, es la inauguración de la era de la "política del escándalo".

Los casos de corrupción, los negociados, los "affaires" sexuales, los negocios con la economía criminal global son noticias que "venden", se han tornado en mercancías de consumo masivo. Y no es que hechos tan deleznables no ocurriesen antes, sino que los medios masivos eran parte de las políticas de estado y por ende dichos asuntos no trascendían. ¿O acaso Kennedy no tenía más amantes que un jeque árabe? ¿O Marilin Monroe no era la mujer más bella y famosa de Norteamérica ? Sin embargo dichas realidades tracendieron mucho tiempo después de que ambos fueron enterrados (y hasta se me ocurre pensar que era más "facil" matar a los Kennedy que publicar sus aventuras sexuales). En cambio Clinton no había terminado de abrochar su cierre relámpago, que la noticia daba la vuelta al mundo y era la comidilla de la ¿opinión? pública munial y la gallina de los huevos de oro para la prensa. Podemos ir un poco más atrás y recordar otros escándalos con los fondos de campaña, para no irnos de EE.UU. Ni que hablar de los escándalos con los GAL que debilitaron a Felipillo en España, junto con el Banesto y algunos ministros, o Collor de Mello en Brasil, o Bucaram en Ecuador o Berlusconi en
Italia. En Argentina, los últimos diez años, por no extendernos un poco más, han sido prolíficos en escándalos de todo tipo.

La arena política se trasladó de las tribunas, comités, plazas y cafés a los pasillos y estudios de los canales de T.V. Los medios exponen de un modo "descarnado" las miserias, las disputas y los "pases de factura" de un sector con otro y de una facción a otra en un mismo sector. Los viejos "receptores", ahora ávidos consumidores, fomentan el mercado. Ya no son tan solo receptores de los mensajes. Ahora exigen más. Los políticos, para quienes -aparentemente- todo vale, alimentan el fuego proveyendo a los periodistas de trascendidos, "off the records", y documentación comprometedora. Todo se expone. ¿Todo?. Los medios parecen no "respetar" a quienes les dieron piedra libre, y los favorecieron con las privatizaciones. Si es noticia, se vende.

Sin necesidad de ser muy ingeniosos, podemos concluir que: pérdida de legitimidad y soberanía del estado-nación + politica del escándalo + crisis de gobernabilidad = descreimiento político. Nuestras sociedades están descreídas de la política. La gente no percibe que la política vaya a resolver sus problemas. Por eso sostengo que la T.V., (y no Internet) marca ese punto de inflexión en la curva ascendente de la sociedad de masas[10]. Porque expresa el punto máximo de la relación entre el sistema político y la sociedad de masas, a la vez que indica la ruptura de la misma.

Los políticos han aprendido penosamente que tienen que "vender" su imagen frente a la sociedad, por eso necesitan de los medios (en especial la T.V.) como del aire que respiran, pero al costo de quedar permanentemente expuestos al escándalo. La imágen en desmedro de la propuesta, el slogan en detrimento del discurso. Los altos costos del minuto en la T.V. impiden (y eximen) a los candidatos el debate y la exposición de sus programas (a la vez que empujan a la búsqueda de financiación "non sancta"). Por eso acuden a asesores de imágen y publicistas (que incrementan aún más sus costos de campaña), para instalar su "imágen" frente a la sociedad y aprenden el lenguaje de las cámaras mejor que muchos actores y presentadores profesionales. Y la gente, cuando los ve por T.V. percibe que asiste a un spot publicitario, como si fuera un programa cómico.

Castells demuestra que este escepticismo hacia los partidos y la política no significa necesariamente que la gente ya no vote, o que no le preocupe la democracia. Sin embargo agrega que existen claras evidencias de un alejamiento de la política creciente en todo el mundo, a medida que la gente observa la incapacidad del estado para resolver sus problemas y experimenta el instrumentalismo cínico de los candidatos. Sostiene que, en términos generales, "no estamos asistiendo a la retirada de la gente de la escena política, sino a la penetración del sistema político por la política simbólica, las movilizaciones por problemas concretos, el localismo, la política del referéndum y, sobre todo, el apoyo específico al liderazgo personalizado". Y concluye, con cierta preocupación, que "con los partidos políticos desvaneciéndose, ha llegado la hora de los salvadores".

Este hiato, este abismo abierto entre el tradicional sistema de partidos y la sociedad, me temo que sea similar al producido en algunas parejas que descubren la infidelidad. Algo se rompió. Los vínculos ya no serán los mismos. Lo que haya para salvar, para reconstruir, deberá sustentarse sobre nuevas bases, sobre nuevos contratos.

Un estado nación cada vez más desgastado en su legitimidad, un sistema de partidos en crisis por los permanentes escándalos, una sociedad descreída y apática, liderazgos personalizados, globalización de los estados hacia arriba y fragmentación hacia abajo. El panorama no parece ser muy alentador. La democracia política tal y como fuera concebida por las revoluciones liberales e instrumentada en los últimos dos siglos se ha convertido, al decir de Castells, en un "cascarón vacío". Lo viejo que no termina de morir, lo nuevo que no termina de nacer. Mientras tanto todavía estamos aquí, en una época en la que “todo lo sólido” parece “desvanecerse en el aire”, preguntándonos qué nuevas formas asumirá la política en la nueva sociedad red, cómo se adecuará a las nuevas condiciones institucionales, culturales, económicas y tecnológicas, cuál es el futuro de la democracia.

3. Internet: Ni Espacio Público, ni Ambito privado: El lugar de las luchas hegemonícas.

“La presencia de otros que ven lo que vemos y oyen lo que oimos nos asegura de la realidad del mundo y de nosotros mismos , y puesto que la intimidad de una vida privada plenamente desarrollada tal como no se había conocido antes del auge de la edad moderna y la concomitante decadencia de la esfera pública , siempre intensifica y enriquece grandemente toda la escala de emociones subjetivas y sentimientos privados, esta intensificación se produce a expensas de la seguridad en la realidad del mundo y de los hombres”

3.1. ¿Cómo articular lo global y lo local?

Las certezas del pasado se han convertido en incertidumbres, la seguridad, en angustia. Las viejas y sólidas instituciones son cuestionadas. El poder adquiere dimensiones nunca antes conocidas, y sin embargo parece que no residiera en ningún lado y que estuviera en todos lados al mismo tiempo. El estado (en su forma estado-nación), está dejando de constituírse en fuente de significado para sus sociedades, atrapado en el medio de la “polarización entre la red y el yo”[11]. En esta suerte de “ezquizofrenia estructural”, las sociedades tienden a perder su capacidad de abstraerse a sí mismas más allá de sus identidades primarias. La idea de un “interés general” definido en torno a una sociedad arraigada en un territorio específico, a través de un “interés nacional”, es contradecida por la evidencia de intereses no nacionales y diversificados que operan en ella, sobre ella y por encima de ella. Frente a esta situación nos hacemos la misma pregunta que se hace Castells: “Si la unidad relevante para los flujos de capital no es la misma que para el trabajo, para los movimientos sociales o para las identidades culturales. ¿Cómo enlazar los intereses y valores expresados, de forma global y local, en una geometría variable, en la estructura y las políticas del estado-nación?”[12]. La respuesta que se da es que, desde el punto de vista de la teoría, es necesario reconstruir las categorías para comprender las relaciones de poder, más allá del estado-nación impotente. Para ello es preciso comprender a esas relaciones de poder “como la capacidad de controlar las redes instrumentales globales en virtud de identidades específicas o, desde la perspectiva de las redes globales, de someter toda identidad en el cumplimiento de las metas instrumentales transnacionales”[13]. Por eso, termina concluyendo que de lo que se trata en realidad no es de reconstruir una teoría del estado, la cual vendría a ser reemplazada por una teoría del poder.

Ahora bien, Castells desarrolla sus propios razonamientos, basado más en una observación empírica que en el marco de una teoría del poder. No es que no la tenga, sino que no la formula de un modo explícito, no la desarrolla desde un punto de vista teórico. Lo que nos preocupa es: ¿Cómo dar cuenta de una teoría del poder que no tenga como anclaje territorial al estado? ¿Cómo definir a lo social (si tal cosa es posible) en estas condiciones? ¿Cómo construir las categorías de una teoría tal que den cuenta de la aparición histórica de este hiato abierto en el tiempo y el espacio, entre flujos y territorio, entre el tiempo de la instantaneidad de los globopólitas[14] y el tiempo biológico y cultural de los humanos? Cómo concebir, y en última instancia, en qué fundar a la política y a las prácticas políticas en este mundo centralizado y fragmentado a la vez, siendo que “ (...) la acción, única actividad que se da entre los hombres sin la mediación de cosas o materia, corresponde a la condición humana de la pluralidad, al hecho de que los hombres, no el Hombre, vivan en la Tierra y habiten en el mundo. Mientras que todos los aspectos de la condición humana están de algún modo relacionados con la política, esta pluralidad es específicamente la condición -no sólo la conditio sine qua non, sino la conditio per cuam- de toda vida política”[15][16.

No se trata de prescindir del estado (y de los sistemas políticos) como unidades de análisis. Los estados no desaparecen, y si bien pierden poder y legitimidad, ganan en influencia al reconfigurarse ellos mismos, conformandose en nodos de redes de poderes y contrapoderes supraestatales de geometrías variables que los trascienden, integrando a otros estados, a organismos regionales, acuerdos multilaterales, pactos, niveles locales y regionales de gobierno, organismos y entidades financieras y organizaciones de la sociedad civil como otros múltiples nodos de esa red. Pero, por esta misma razón es necesario reflexionar estas cuestiones desde una teoría del poder.

Un intento de responder a algunas de estas cuestiones es el encarado por Dan Adaszko[17], quien en su artículo: “Redefinición de las esferas pública y privada en Internet” concluye taxativamente que Internet “indudablemente implica una ampliación de la esfera privada”, cerrando toda posibilidad de análisis posterior en otro sentido. Creemos que el recorrido argumentativo que se fija el autor es, hasta cierto punto correcto, en la medida en que se propone partir de una concepción no determinista de la tecnología, reformular una teoría de la cultura a partir de la noción de espacio y tiempo y repensar las categorías de una teoría del estado.

Pero los resultados a los que arriba son, a nuestro entender, demasiado pobres respecto al profuso desarrollo teórico, el cual deja muchas vías de reflexión abiertas y de las cuales solo utiliza algunas para llegar a su conclusión. Y creemos que, en definitiva, Adasko incurre en estos errores involuntarios justamente por no incluir una teoría del poder en sus reflexiones, por reducir toda la cuestión a una oposición entre las esferas públicas y privadas, identificando mecánicamente a la primera con el estado (y reduciendo la política a este ámbito), y a la segunda con la sociedad civil y el individualismo. De este modo, aunque no lo quiera, termina asumiendo una postura determinista, al ligar la posesión del acceso a internet con el ámbito privado y por ende con la dominación, al reducir la Sociedad Civil a la esfera privada y al no concebir a la tecnología como relación de fuerzas.

Castells está más cercano a formular una teoría del poder en la era de la información, que pueda dar cuenta de las prácticas políticas y de sus articulaciones en la Red. Sin embargo, ésta quedaría subsumida a una teoría de las redes y los flujos de información, y a una teoría de la cultura y la identidad, del mismo modo en que las teorías del poder propias de la modernidad quedaban subsumidas en una teoría más ámplia sobre el estado. Interpretándolo, podríamos decir que para Castells coexistirían tres lógicas diferentes de poder, entre las cuales no habría continuidad, y que serían contradictorias entre sí, correspondientes a tres tipos de identidades diferentes, a saber:

· Una lógica de poder dominante, propia de la sociedad red, característica de las identidades “globales” o cosmopólitas.

· Una lógica de poder, propia de las resistencias comunales, basada en la reconstrucción de identidades defensivas o “de resistencia”.

· Una lógica de poder de la asociación y la representación, propia de las sociedades civiles, basada en la creación de “identidades legitimadoras”, en sociedades y culturas específicas de la era industrial.

Estas distinciones son útiles a los efectos de analizar las transformaciones operadas en la sociedad red. Pero Castells está más interesado en detectar lo novedoso, los puntos de ruptura, las discontinuidades operadas por estas transformaciones y no observa tanto las continuidades, las síntesis, las suturas, las múltiples articulaciones posibles entre las distintas “lógicas” de poder. Porque, si con fines analíticos es posible hacer abstracción de ellas, construyendo lo que en la metodología weberiana son “tipos ideales”, en la práctica, empíricamente, estas lógicas de poder se interpenetran, se ramifican, se combinan y se articulan en múltiples formas de aparición, pero con una sóla lógica: “la” lógica del poder. Podríamos decir que en la sociedad red la lógica del poder se “exacerba”.

Castells, en su afán por dar cuenta de la separación espacio-temporal que se opera en la sociedad informacional, termina confundiendo la lógica del poder con la forma de aparición histórica que esta lógica asume. De este modo incurre, si no en contradicciones, por lo menos en ambiguedades. El antagonismo no puede darse entre dos o más lógicas de poder. Si esto sucediera, sería imposible cualquier tipo de articulación hegemónica, desde el momento en que sería imposible toda comunicación entre ellas[18]. Pero es el propio Castells quien, más adelante nos dice que “las entidades que expresan proyectos de identidad orientados a cambiar los códigos culturales deben ser movilizadoras de símbolos. Han de actuar sobre la cultura de la virtualidad real que encuadra la comunicación en la Sociedad Red, subvirtiéndola en nombre de valores alternativos e introduciendo códigos que surgen de proyectos de identidad autónomos”[19]. Estas “identidades-proyecto” como él mismo las denomina, deberán surgir de las “identidades de resistencia”. Ahora bien, si estas identidades de resistencia “apenas se comunican”: ¿Cómo es posible que se transformen en “identidades proyecto” para “actuar sobre la cultura de la virtualidad real” si no es asumiendo la misma lógica, para luego sí “subvertir” los valores dominantes? ¿Es posible comunicarse y al mismo tiempo conservar una “identidad autónoma”? ¿Cómo se realiza ese pasaje de “identidad de resistencia que apenas se comunica” hacia una “identidad proyecto”, cuya forma de organización e intervención interconectada sea capaz de “reflejar y contrarrestar” la lógica interconectada de dominio de la sociedad informacional, si no es participando de un mismo “espacio” de lucha, es decir, comunicándose? Si este espacio de lucha es el espacio de los flujos de información: ¿cómo disputarla sin convertirse a sí mismas en flujos?

Creemos que Castells, a fuerza de poner en blanco sobre negro la separación entre el espacio de los flujos y el espacio de los lugares, entre el tiempo atemporal y el tiempo del reloj, descuida las zonas grises, las trancisiones, las zonas en las cuales se interpenetran y pueden articularse. Porque si internet es un arma de guerra[20], ésta es precisamente una guerra de posiciones en la cual las trincheras no están en el espacio de los flujos ni en los lugares, sino que se cavan en esas zonas grises, fronterizas entre los flujos y los lugares. Y, como en toda guerra, nunca se regresa de ella del mismo modo en que en ella se ingresó. Lo que cambia no es la lógica de la guerra, sino el ámbito donde ella se libra y las armas que se utilizan.

Es necesario, entonces, ampliar el marco del análisis y utilizar otras categorías para analizar el fenómeno “internet” que nos permitan hipotetizar las posibles respuestas a las preguntas que nos formulásemos más arriba. Por eso propongo analizar el fenómeno desde la lógica de la hegemonía, en la continuidad del trayecto teórico que dicho término tiene de Gramsci a Laclau. Porque precisamente es en ese recorrido en el cual se desenvuelve la tensión entre una teoría del estado y una teoría del poder. Y son Laclau y Mouffe quienes nos brindan los elementos capaces de analizar la hegemonía más allá de su referencia al estado-nación y sus insituciones, como el campo de la prácticas hegemónicas y articulaciones discursivas, como el terreno del lenguaje y lo simbólico.

En efecto, la crisis de legitimidad del estado-nación pone de manifiesto la indeterminación de lo social, la imposibilidad de “sutura”, y el carácter precario de toda articulación. La otra cara de la crisis del estado-nación es la crisis de la sociedad civil y sus instituciones como el territorio donde se disputa la hegemonía. Lo que está en crisis, en definitiva, es la idea de una unidad positiva constitutiva de lo social, de una totalidad unificada, por sobre las diferencias y la idea de territorio como fundamento de esa unidad.

3.2. La Teoría Social del Espacio y el Espacio de los Flujos, el Ciberespacio e Internet.

La crisis de esta idea de territorio como fundamento de la unidad de lo social no niega ni contradice, sin embargo, la de que “el espacio es el soporte material de las prácticas sociales que comparten el tiempo”.[21] No obstante, debemos agregar que ese espacio, a la vez que es soporte material, es también producto de las prácticas sociales y como tal “no consigue nunca ser (idéntico) a sí mismo, porque todo punto nodal se constituye en el interior de una intertextualidad que lo desborda” [22]. Es decir, que todo producto de relaciones sociales tiene un carácter ambiguo en tanto significante y no puede ser fijado a ningún significado. “Sólo puede existir en la medida que hay una proliferación de significados”. De esta manera, el espacio social aparece como un espacio “abierto” cuyos elementos están dispersos y sólo pueden ser fijados parcialmente. El espacio social es el campo de la discursividad, tal como es entendido por Laclau y Mouffe[23] o, con los recaudos necesarios, el “espacio de aparición”[24], resultante de la condición humana de la pluralidad, del que habla Hannah Arendt.

Pero quisiera hacer otra observación. Castells hace referencia al tiempo compartido de esas prácticas sociales, afirmando que el espacio reune a aquellas prácticas sociales que son simultáneas. Creemos que esta es una idea incompleta del espacio, desde el momento en que toda relación social está surcada por dos ejes temporales: uno sincrónico y otro diacrónico. Si bien coincidimos en que el espacio es tiempo cristalizado, reforzaríamos la idea diciendo que es tiempo en constante cristalización. Nuevamente, creemos que Castells incurre en este “olvido” debido al énfasis que quiere poner al diferenciar la lógica espacial y temporal de la sociedad red. Porque, si bien todo espacio puede definirse como el soporte material de las prácticas sociales simultáneas, no es menos cierto que también se puede definir como el producto, en un momento dado, de un proceso histórico social o de una práctica discursiva. En este sentido, conviene recordar que para la lingüística toda práctica o articulación discursiva se da en dos planos o ejes: el de los sintagmas y el de los paradigmas[25], el de la secuencia o metonimia y el de la asociación o metáfora.

Para ubicar esas “zonas grises” o de transición y continuidad en que es posible establecer algún tipo de articulación entre el espacio de los flujos y los lugares, entre el tiempo atemporal y el tiempo del reloj, entre la red y el yo, creemos fundamental realizar antes una serie de distinciones entre conceptos que tienden a asimilarse (el sentido común suele utilizarlos como sinónimos) y a converger, pero cuyos significados también se exceden los unos respecto a los otros. Estos conceptos son: espacio de los flujos, ciberespacio.

3.2.1. El Espacio de los Flujos

Con el concepto “espacio de los flujos” Castells define a una “nueva lógica espacial” que organiza a las funciones dominantes en la sociedad red. Esta sociedad esta construida en torno a flujos: “flujos de capital, de información, de tecnología, de interacción organizativa, de imágenes, sonidos y símbolos”. Estos flujos “no son sólo un elemento de la organización social: son la expresión de los procesos que dominan nuestra vida económica, política y simbólica”. En otras palabras, “el espacio de los flujos es la organización material de las prácticas sociales en tiempo compartido que funcionan a través de los flujos”. Por flujo entiende toda secuencia de intercambio e interacción determinadas, repetitivas y programables entre las posiciones físicamente inconexas que mantienen los actores sociales en las estructuras económicas, políticas y simbólicas de la sociedad. Las prácticas sociales dominantes son aquellas que están incorporadas a las estructuras sociales dominantes. Por estructuras dominantes entiende “los dispositivos de organizaciones e instituciones cuya lógica interna desempeña un papel estratégico para dar forma a las prácticas sociales y la conciencia social de la sociedad en general”.

Este espacio de los flujos se compone por la combinación de tres capas de soportes materiales:

La primera capa, el primer soporte material del espacio de los flujos, está formada por un circuito de impulsos electrónicos (microelectrónica, telecomunicaciones, procesamiento informático, sistemas de radiodifusión y transporte de alta velocidad, etc). En la sociedad red “la articulación espacial de las funciones dominantes se efectúa en la red de interacciones que posibilitan los aparatos de la tecnología de la información”. La morfología de esta red de interacciones define el nuevo espacio.

La segunda capa está constituida por los nodos y los ejes de esta red. Esta segunda capa hace referencia a los lugares que son “atravesados” y “articulados” por estas redes. Aunque la lógica estructural del espacio de los flujos carece de lugar, la misma se basa en una red electrónica que “conecta lugares específicos, con características sociales, culturales, físicas y funcionales bien definidas”. Algunos de estos lugares son intercambiadores, ejes de comunicación que desempeñan un papel de coordinación para que haya una interacción uniforme de todos los elementos integrados en la red. Otros conforman los nodos de la red, es decir la ubicación de funciones estratégicamenteimportantes que constituyen una serie de actividades y organizaciones de base local en torno a una función clave de la red. La ubicación en el nodo conecta a la localidad con el conjunto de la red. Tanto nodos como ejes están organizados en forma jerárquica, según su peso relativo en ella. Pero esa jerarquía puede cambiar dependiendo de la evolución de las actividades procesadas a través de la red. A esto se refiere Castells cuando habla de la “geometría variable” de la red.

Sin embargo cabe agregar que cuando Castells se refiere al soporte material habla de red en forma genérica y cuando se refiere a los nodos y ejes se refiere a redes particulares. Esto es así porque la infraestructura o base material de las redes puede concebirse como una unidad que articula distintas (muchas) redes específicas[26]. Las características de los nodos dependen del tipo de funciones que realice una red determinada. Así, la red constituda por los sistemas de decisiones de la economía global, en particular las relativas al sistema financiero, tiene por nodos a las “ciudades globales” y a los principales centros de gestión concentrados en ciudades. Cada uno de estos nodos requiere una infraestructura tecnológica adecuada, un sistema de firmas auxiliares que proporcionen los servicios de apoyo, un mercado laboral especializado y el sistema requerido por la mano de obra profesional. Lo mismo puede aplicarse a la fabricación de alta tecnología, el narcotráfico, etc. Es decir, las funciones específicas de cada red definen las características de los lugares que se conectarán a la misma. Dicho de otro modo “cada red define sus emplazamientos según las funciones y jerarquía de cada uno y las características del producto o servicio que va a procesarse en ella”.

La tercera capa del espacio de los flujos está dada por la organización espacial de las elites gestoras dominantes que ejercen las funciones directrices en torno a las que se articula este espacio. Esta adquiere dos formas principales. Por un lado la fragmentación socio-espacial: “las elites forman su sociedad propia y constituyen comunidades simbólicamente aisladas, atrincheradas tras la barrera material del precio de la propiedad inmobiliaria”[27], definiendo de este modo a sus comunidades como una subcultura ligada al espacio y con conexiones interpersonales. De este modo, los nodos del espacio de los flujos incluyen espacios residenciales y orientados al ocio que, junto con el emplazamiento de las sedes centrales y sus servicios auxiliares, “tienden a agrupar las funciones dominantes en espacios cuidadosamente segregados, con fácil acceso a complejos cosmopólitas de las artes, la cultura y el entretenimiento”. Esta segregación se logra tanto por el control de la seguridad en ciertos espacios abiertos sólo para las elites, como también por la organización de una serie de jerarquías socioespaciales simbólicas.

Por el otro lado, la otra forma que asume este espacio está dada por la unificación de su entorno simbólico en todo el mundo, “construyendo un espacio (relativamente) aislado por todo el mundo a lo largo de las líneas de unión del espacio de los flujos. Hoteles internacionales con una estética de decoración estandarizada, salones VIP de los aeropuertos, sistemas de viajes organizados, servicios secretariales y de recepción, ritos similares en todos los países”. De este modo suplantan la especificidad histórica de cada lugar, sintiéndose siempre como en casa.

Esta capacidad organizativa de la elite dominante se corresponde –siempre según Castells- con su capacidad para desorganizar a aquellos grupos mayoritarios de la sociedad que ven sus intereses sólo parcialmente representados (cuando mucho) dentro del marco de la satisfacción de los intereses de las clases domnantes. Articulación de las élites, segmentación y desorganización de las masas: estos parecen ser los mecanismos de dominio en nuestras sociedades.

Castells asegura, por último, que cuanto más se basa una organización social en flujos ahistóricos, suplantando la lógica de un lugar específico, más se escapa la lógica del poder global del control sociopolítico de las sociedades locales/nacionales con especificidad histórica.

3.2.2. Ciberespacio:

El orígen del término se lo debemos a William Gibson[28], quien se inspiró en la observación de los niños que jugaban con videojuegos. Ellos “desarrollaban la creencia de que tras la pantalla hay un espacio real, algún lugar que no podemos ver, pero que está ahí[29]”.

Su uso se fue generalizando como referencia a un espacio “virtual” en el cual se desarrollan las comunicaciones electrónicas. Un espacio que no se refiere al soporte material sobre el que se configura, esto es las redes de nodos y ejes a que hace referencia Castells al describir el primer nivel del espacio de los flujos, ni al conjunto de impulsos electrónicos que por ellas circulan, sino como un espacio no físico, un lugar imaginario “detrás de la pantalla” [30].

Más allá del orígen, podemos definir al ciberespacio como “un espacio figurativo”, “como objeto de ideación, prefigurado por la tecnología o el software, pero no contenido materialmente en estos, y por lo tanto dependiente de un lector en cuanto a su uso y constitución”[31].

El ciberespacio, en tanto espacio “no físico”, por analogía con el espacio “físico”, está constituido por una dualidad volumétrica. Ambos hacen referencia a elementos de una categoría mental de “vacíos (gaps) articulados: el volumen negativo o “no dado”, delimitado por su volumen positivo o “dado”.

Barbatsis y Fegan se basan en una teoría de la lectura o “de la recepción” para describir a este espacio figurativo, no físico, constituido por una relación entre texto y lector. Tres elementos centrales de dicha teoría son tomados en cuenta por los autores: en primer lugar el hecho de que el significado es una función de un lector de un texto estimulada por una estructura específica de información “dada” y “no dada”; en segundo lugar, la noción de vacío o “gap” como elemento crucial en este proceso de uso y producción de significado; y por último y englobando los dos anteriores, la discusión teórica sobre el texto en cuanto objeto tanto material como ideacional.

El primero de estos tres elementos hace referencia al rol activo que cumple el lector en la construcción de significado del texto. Aunque prefigurado por su estructura sustantiva y material, el texto no es independiente de un lector, sino que se constituye como tal en tanto es significado por el uso y la lectura que un sujeto hace del mismo.

El segundo refiere al hecho de que el lector “debe llegar al significado a partir de lo que no se dice”. Si bien el objeto material del texto es importante en la medida en que es el medio por el que el texto induce a un lector a construir su objeto previsto o ideacional, la teoría de la recepción dice que lo que guía ese proceso es una expresa estructuración de indeterminación en forma de información no dada, de vacío o gap[32].

El tercer elemento, consiste en que el texto como objeto material se ve como una estructura simbólica que prefigura su significado, pero que materialmente no lo contiene. Las formas materiales en las que se presentan (libro, video, celuloide, bits ) existen independientemente de un “lector”. Tienen un significado potencial, pero si no existe un lector que los use, resultan objetos incompletos

En síntesis, Barbatsis y Fegan afirman que estas características de toda estructura textual indican que sus vacíos no son solamente espacios blancos sino que, como en el interior de una habitación, son el volumen negativo articulado o “gap” del espacio vacío. En otras palabras, que mientras que una estructura textual prefigura su objeto ideacional, este debe manifestarse mediante un preoceso de estimulación de actos de ideación.

Pero, a diferencia de la estructura compuesta de la información “dada” y “no dada”, la estructura ideacional de un texto “no tiene materialidad, sólo existe en los ojos de la mente”[33] [34].

Es en este sentido que conciben al ciberespacio como “espacio ideacional” : “Organizados por las estructuras textuales, ya sea de programas de T.V., películas o webs, esos mundos ideacionales existen en alguna parte, fuera, detrás de la pantalla, en un espacio no material”.

Ahora bien, esto es lo que el ciberespacio, basándose en la teoría de la recepción, tiene en común con otras realidades ideacionales mediatizadas de diversos modos. Pero, ¿qué es lo que diferencia al ciberespacio de otras ideaciones espaciales? Los autores responden, acertadamente, lo siguiente:

“Así pues, mientras que los hipermedia y los textos televisuales son conceptualmente similares en tanto que estructuras de información “dada” y “no dada”, la interactividad de los enlaces (o links) añade un tipo diferente de gap con significado a un texto de tipo informático. Mientras que el gap marcado con un enlace se parece a cualquier otro en cuanto a que indica una “suspensión de conectabilidad entre segmentos textuales [35] ”, tiene también características únicas y y propias de este medio: sólo los que tienen la cualidad interactiva del enlace ofrecen al “lector” la posibilidad de escoger entre otras perspectivas textuales como estímulo para el acto de ideación. Así pues, al dar relieve a la suspensión de conectabilidad, los gaps con cualidad interactiva ponen en primer término el propio acto de “lectura” o de producción de significado.”

Sin embargo, Barbatsis y Fegan sostienen que el fenómeno del ciberespacio implica otro aspecto de este espacio ideacional en el que se diferencia de aquellos en los que cada realidad individual articula algo que está “más allá” de la pantalla individual de un texto concreto. Y es en parte lo que conceptualiza (nuevamente) Gibson (1984) en su noción de “alucinación consensual”.

En una estructura textual múltiple, como es el hipertexto, el enlace pone en primer plano autoreflexivamente el propio proceso constitutivo de la propia producción de significado, lo cual es lo mismo que decir que el objeto ideacional es el proceso de producción de significado. Esto es, que el carácter autorreflexivo del enlace nos induce a producir la experiencia ideacional de la producción del ciberespacio:

“Una estructura textual, como la de un juego de ordenador o la de internet, exige que un lector ponga de su parte la información “no dada” para establecer el significado de la información “dada”; sin embargo, para producir significado hay que hacer algo más que simplemente llenar los vacíos estructurales. Mientras que el gap brinda la ocasión de proyectar, no permite que sea sólo el intérprete quien seleccione un significado proyectado. Es lo que Iser (1978)[36] define como su doble función: el gap también actúa como guía de lo que debería ser la ideación. Por consiguiente, en una estructura compuesta, los gaps operan tanto de un modo sintagmático como paradigmático a fin de guiar al lector en la transformación de la información que ofrece e invoca “un texto”: en el eje sintagmático de lectura constituyen los enlaces entre los segmentos perspectivos del texto; en el eje paradigmático, constituyen los enlaces entre las normas negadas y la relación entre lector y texto. Iser identifica gaps que actúan sintagmáticamente para establecer conexiones entre elementos del texto como espacios blancos e identifica a los que actúan paradigmáticamente para llevar al lector desde una perspectiva hasta otra dentro de los textos como negaciones”.

El proceso de negación a través de los gaps o enlaces, lo que hace es sobreponer un significado nuevo y contradictorio sobre el significado invocado por el texto, produciendo un cambio ideacional de grado, provocando negaciones primarias y secundarias. Las primeras obstruyen las espectativas que genera un lector mediante la interacción, obligando a una revisión del escenario y fomentando nuevas formas de comprensión. Las segundas son las ideaciones invocadas por las negaciones primarias y se convierten en objetos de contemplación, fomentando un sentido metacognitivo en el que la propia actividad ideacional del lector se convierte en objeto de revisión.

La naturaleza abierta de un texto hipermedia presenta potencialmente un número infinito de negaciones primarias y, a la vez, ofrece la posibilidad de elegir entre enfrentarse o no a una expectativa ideada así como a los términos en que deba ser revisada.

De estas características deviene lo que para nuestro desarrollo argumental es primordial: el carácter abierto de Internet. Esto se sustenta en que el significado nunca se entenderá en el sentido de cierre o “sutura” o solución y dado que consiste en un proceso de incesante interacción, es necesario reconocer que cada nueva ideación es siempre contingente.

Lo cual nos lleva nuevamente a Laclau y su concepto de la hegemonía. Pero antes quisiera dejar sentado que de la distinción entre el concepto de espacio de los flujos en Castells y el concepto de Ciberespacio en Barbatsis y Fegan, queda claro que se trata de conceptos que operan en distintos niveles y que no son asimilables, tampoco son contradictorios. Lo que tienen en común es que ambos expresan en distintos niveles de análisis, la configuración de la red.

Volviendo a esas zonas “grises” o de articulación posibles entre un espacio de los flujos y un espacio de los lugares, podemos decir que es en el carácter abierto y contingente de la red en donde se encuentra el talón de aquiles de quienes detentan el poder mediante el control de los flujos. La identidades que logren constituirse en sujetos, a las que Castells llama “identidades proyecto”, serán aquellas que sean capaces de articular esta doble espacialidad territorial-digital, lo dado y lo no dado.

Las barreras entre uno y otro espacio no son infranqueables. Son más bien como grandes mallas de alambrados en las cuales se pueden hacer numerosos “agujeros”. El espacio de los flujos es un espacio en el cual “el poder reside en los códigos de información y en las imágenes de representación en torno a las cuales las sociedades organizan sus instituciones y la gente construye sus vidas y decide sus conductas. La sede de este poder es la mente de la gente”[37]. Por eso, las principales barreras no son materiales, sino simbólicas.

4. Recapitulando:

En el extenso desarrollo realizado en este trabajo, por supuesto, quedan múltiples vías de reflexión abiertas y, de seguro, hemos planteado más interrogantes de los que pudimos contestar. Sin embargo, con lo aquí dicho, creemos estar en condiciones de adelantar algunas posibles respuestas.

En primer lugar, hemos planteado la necesidad de trascender una teoría del estado como estado-nación, para poder teorizar la política en la “sociedad red”. Y esto en virtud de las transformaciones operadas por tres procesos convergentes: en primer lugar por la revolución de las tecnologías de la información, en segundo lugar por la aparición de los nuevos movimientos sociales (y la crisis del estado de bienestar) y en tercer lugar por la reestructuración del capitalismo mundial. Los principales efectos de estos procesos son:

Hemos visto cómo, a partir de estos procesos, se produce un debilitamiento en la autonomía y soberanía de los estados nacionales, una crisis en los sistemas políticos, producto en la imposibilidad para procesar y satisfacer las demandas hacia el interior de sus sociedades y, en última instancia una crisis en la propia democracia. En este nuevo escenario los estados no desaparecen, pero quedan sometidos a una red de poderes y contrapoderes frente a la cual deben re-configurarse para poder conservar su influencia.

En segundo lugar, coincidiendo con Castells, hemos afirmado que para comprender la política en la sociedad red, es preciso sustentarse más que en una teoría del Estado, en una teoría del poder. Pero rechazamos la idea de que exista una “nueva lógica del poder”, como sostiene Castells. Creemos, por el contrario que lo que ocurre es una exacerbación de la misma. El poder desborda y traspasa los recipientes territoriales de los estados. La fuerza y velocidad de los flujos perforan las fronteras y las tornan inútiles. Lo que permite, en definitiva, la sociedad red es poder ver que el rey está desnudo, permite romper el hechizo, deshacer la ilusión del estado-nación como abstracción de la unidad de la sociedad. Pone al desnudo “la” lógica del poder, que es la lógica de la hegemonía[38]. Porque ese espacio de aparición de la política no depende solamente del soporte físico, territorial, del ágora, sino (fundamentalmente) de un espacio simbólico, -aunque no menos material-, cognitivo, discursivo (“a cualquier lugar que vayas, serás una polis...”).

En tercer lugar, hemos diferenciado (y articulado) los conceptos de “espacio de los flujos” y “ciberespacio”, tal como son entendidos respectivamente por Castells y por Barbatsis y Fegan. Castells asegura que cuanto más se basa una organización social en flujos ahistóricos, suplantando la lógica de un lugar específico, más se escapa la lógica del poder global del control sociopolítico de las sociedades locales / nacionales con especificidad histórica. Esta brecha entre el poder global y las posibilidades de control sobre partes del proceso por parte de las sociedades arraigadas en los lugares (y esto ya es una mera especulación lógica apoyada en la observación de algunas –aún débiles- experiencias dispersas por el mundo) tal vez pueda reducirse en la medida en que esas mismas sociedades incorporen a sus especificidades históricas, a sus identidades, una dimensión digital. Apropiarse de las tecnologías de comunicación, explorarlas y generar nuevos usos y nuevos contenidos, no suplantándo la lógica de sus lugares específicos, sino prolongándolas, expandiéndolas y articulándolas con las de otros lugares; tal vez sea ésta la única manera de perforar la muralla invisible que separa a los dos mundos. Hemos visto que el carácter abierto del ciberespacio, como espacio ideacional, que permite a través de sus enlaces articular distintos espacios discursivos, presenta en sí mismo la posibilidad –sólo la posibilidad- de subvertir el poder de los flujos, en la medida en que algunas identidades históricas específicas logren articularse en “identidades proyecto”, no ya en tanto “clase fundamental” como la concibiera Gramsci, sino en tanto “sujetos des